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A propósito de la catástrofe de Valparaíso

Tribuna de D. Pedro Tomey de la Fundación Aon en el periódico Expansión

D. Pedro Tomey, Presidente del Observatorio de Catástrofes de la Fundación AON España


La ola de incendios forestales que han arrasado franjas del centro y norte de Chile es el peor desastre natural ocurrido en el país desde el mortal terremoto de magnitud 8,8 de 2010, con más de 500 fallecidos. El fuego ha alcanzado las zonas residenciales de las ciudades costeras de Valparaíso y Viña del Mar, causando la muerte de 131 personas y se espera que la cifra aumente, pues hay cientos de desaparecidos en un mar de cenizas y escombros.

 

Grandes bolas de fuego se trasladaron de los bosques a las zonas urbanas, consumiendo miles de casas, comercios, vehículos, en cuestión de segundos. El cuerpo de bomberos, formado íntegramente por voluntarios, y demás equipos de emergencia luchaban por contener más de 160 incendios, que dificultaban el acceso a las zonas más afectadas, ahogadas por las llamas y el humo, y su labor de rescate.

 

Durante la última década, se han quemado aproximadamente 1,7 millones de hectáreas en Chile. Un país que está sufriendo una severa y larga sequía que, sumada a las altas temperaturas de los últimos días (por encima de 37 grados en Santiago el 31 de enero, la más alta registrada en más de un siglo) y a los fuertes vientos, ha secado el paisaje y lo ha preparado para un gran incendio.

 

El actual ciclo climático que atraviesa el planeta impulsa la proliferación de catástrofes. Estamos seguros de que se producirán desastres cada vez más severos, no sabemos cuándo ni dónde, pero existen medidas preventivas y sistemas de alerta que pueden evitar que las catástrofes se conviertan en tragedia.

 

En Chile, los incendios forestales son causados principalmente por las personas debido a negligencias, descuidos en el uso del fuego o mala intención. En la Tesis Doctoral sobre incendios forestales y riesgo antrópico realizada por la Cátedra de Catástrofes de la Fundación Aon, se confirmaba que la mayor parte de estos eventos (una media mundial del 96%) es de origen humano. Por lo tanto, priorizar la planificación de acciones de prevención y mitigación es esencial para reducir el riesgo de incendios forestales.

 

Joaquín Ramírez, Presidente de la Asociación Internacional de Incendios Forestales, así lo asegura: “Es urgente mejorar la gestión de la vegetación, la resiliencia del paisaje, la planificación urbana y la preparación frente a la emergencia”.

 

Para estar preparados frente a la emergencia, es crucial la educación medioambiental, haciendo ver a la población que los incendios forestales son dañinos y que debemos proteger nuestro entorno y a nosotros mismos. Asimismo, es vital una legislación orientada a la prevención, que dicte las normas que incrementen los niveles de seguridad para evitar que se inicien incendios forestales y en caso de que se produzcan se puedan controlar rápidamente, sistematizando la coordinación entre los órganos competentes en las fases de alerta y seguimiento.

 

El papel de la lA

La Inteligencia Artificial, los satélites, los drones, la fibra óptica, los robots… son herramientas tecnológicas que se están empleando para anticiparse a los desastres naturales y tomar medidas de prevención.

 

Hay que seguir muy de cerca los avances de la IA, concretamente de la tecnología que está detrás de los diversos sensores óticos y términos que recopilan datos constantemente en entornos naturales, pudiendo detectar emisiones de gases contaminantes, como el metano, o predecir la aparición de incendios forestales, inundaciones y otras catástrofes.

 

Y es que, contar con un diagnóstico cada vez más preciso, contribuye, entre otras cosas, a evidenciar la oportunidad y la urgencia de intensificar las labores de prevención, mitigación y adaptación; a visibilizar el esfuerzo que realizan determinados agentes públicos y privados, para paliar los efectos más inmediatos de los eventos catastróficos, en términos de aseguramiento, indemnizaciones, reparaciones, y reconstrucciones; y por último, que España sea un país mejor preparado para minimizar los efectos de las catástrofes.

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