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JORNADA “LOS UAS Y EL COMBATE AÉREO DEL FUTURO”

  • IIE
  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura

En el marco de la jornada “Los UAS y el combate aéreo del futuro”, expertos y altos mandos de las Fuerzas Armadas analizaron los principales desafíos operativos derivados de la incorporación de los Sistemas Aéreos No Tripulados (UAS) al ámbito del poder aéreo. La primera mesa redonda abordó la evolución del combate aéreo en los conflictos del siglo XXI y reflexionó sobre la necesaria adaptación doctrinal, organizativa y tecnológica ante un entorno estratégico caracterizado por la creciente integración entre sistemas tripulados y no tripulados.


Mesa redonda 1: El aspecto operativo: aviación tripulada frente a UAS en los conflictos del siglo XXI

Participantes:

-          Teniente General (R) Rubén García Servert (Ejército del Aire y del Espacio)

-          General de División Carlos Frías Sánchez (Ejército de Tierra)

-          General de Brigada Enrique Fernández Ambel (Ejército del Aire y del Espacio)

Moderador:

-          Vicealmirante Benigno González-Aller Gross


La mesa redonda analizó el impacto operativo de los Sistemas Aéreos No Tripulados (UAS) en el combate aéreo actual y su influencia en la evolución del poder aéreo en los conflictos del siglo XXI. El punto de partida fue claro: el combate aéreo del futuro no es una hipótesis, sino una realidad que ya está transformando los escenarios operativos.


Durante décadas, la superioridad aérea se basó en plataformas tripuladas de altas prestaciones y en la excelencia tecnológica. Sin embargo, la proliferación masiva de sistemas no tripulados —especialmente visible en la guerra de Ucrania— ha cuestionado ese modelo. El número, el bajo coste, la disponibilidad y la persistencia han adquirido un protagonismo creciente frente a la lógica anterior de pocos sistemas extremadamente sofisticados.


Uno de los ejes del debate fue determinar si este fenómeno es coyuntural o estructural. La conclusión mayoritaria apuntó a un cambio profundo. Las plataformas tripuladas siguen siendo necesarias, pero el entorno operativo ha variado de forma sustancial. La aparición de enjambres de drones, municiones merodeadoras y sistemas autónomos introduce una dimensión cuantitativa y sostenida que altera la relación tradicional entre coste y efecto.


El análisis de la guerra en Ucrania evidenció además el carácter decisivo de la “capa baja” del espacio aéreo. En ese entorno, saturado de drones y sistemas de reconocimiento y ataque, se disputa buena parte de la iniciativa táctica. Su dominio no sustituye la superioridad aérea clásica, pero la condiciona y la complementa de manera determinante.


Desde el punto de vista doctrinal, se subrayó la evolución hacia modelos de defensa aérea integrada más equilibrados. Sin renunciar a capacidades de alta gama, el nuevo escenario exige resiliencia, redundancia y capacidad de absorber desgaste. En contextos de saturación sostenida ya no es realista aspirar a interceptarlo todo; se impone gestionar el riesgo, priorizar objetivos y articular una defensa por capas con distintos niveles de coste y eficacia, en la que comienzan a desempeñar un papel relevante los sistemas de armas de energía dirigida.


En el plano organizativo, el desafío es también cultural. Integrar plenamente los UAS y los sistemas contra-UAS implica revisar doctrinas, adaptar estructuras y reasignar recursos. Ya no pueden considerarse capacidades accesorias, sino elementos orgánicos del diseño de fuerzas.


La inteligencia artificial y la autonomía creciente refuerzan esta tendencia, al facilitar el empleo masivo y coordinado de sistemas no tripulados y acelerar los ciclos de decisión. El resultado apunta hacia combates más distribuidos, con mayor protagonismo de efectos generados a distancia. En este contexto, la aviación tripulada no desaparece, pero su papel evoluciona hacia funciones de mando, integración y empleo combinado con sistemas no tripulados.


En síntesis, el poder aéreo está experimentando una transformación significativa. No se trata de sustituir lo existente, sino de adaptarlo a un entorno marcado por la proliferación tecnológica y la saturación. El reto principal no es solo incorporar nuevos medios, sino ajustar la mentalidad, la organización y la doctrina a una realidad en la que la resiliencia será tan decisiva como la excelencia tecnológica.

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